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“Estudien, vagos”: lecciones de odio a cargo de Álvaro Uribe


Negar la existencia del Conflicto, tergiversar su nominalización por “amenaza terrorista” es una negación semiótica porque no solo niega el significado de la palabra, sino que además suprime la significación del conflicto al desvanecer su valor político, borrar el sentido que ha tenido para sus actores y las dimensiones que ha alcanzado, las cuales nos mantienen viviendo en un país violento, estigmatizado y con grandes problemas de identidad colectiva.


No son suficientes cifras como que Colombia es, después de Sudán, el segundo país con mayor número de desplazados (3,5 millones entre 1996 y 2006), que entre enero del 2016 y marzo del 2017 hayan sido asesinados 156 líderes sociales, ni los 1400 días (casi 4 años) de esfuerzos para mantener las conversaciones y lograr por fin un acuerdo de paz para que la derecha de este país nombre el baño de sangre que ha padecido Colombia como CONFLICTO.

Al señor Álvaro Uribe le pesa decir que en Colombia desde hace más de 60 años vivimos en un conflicto que ha hecho que la mayoría de los gobiernos hayan declarado al país en Estado de sitio, Estado de conmoción interior, Estado de emergencia social, Crisis humanitaria, etc.; lo cual ha impedido que nos convirtamos realmente en un país en vía de desarrollo. Hemos cargo el lastre que la violencia interna mezclada con el narcotráfico, corrupción y centralismo de los gobernantes, que nos ha hecho un país que siempre invierte más guerra que en educación.

No decir el nombre CONFLICTO a la guerra derivada de una rivalidad prologada entre las élites y el pueblo durante tantos años es una negación léxico-semántica; pero a la vez es una negación semiótica porque no solo niega el significado, sino que suprime la significación del conflicto, es decir, niega también su valor político, la importancia que representa para sus actores. Negar el conflicto armado interno desvanece su sistema axiológico, borra el sentido que ha tenido, las dimensiones que ha alcanzado y nos mantienen viviendo en un país violento, estigmatizado y con grandes problemas de identidad colectiva.

Y todo por no reconocerle estatus de actor político a la guerrilla. Uribe niega el conflicto para no permitir que las FARC hablen, se expresen y sean oídos ya sin el peso de un fusil al hombro (que es por lo que tantos años han luchado: por ser escuchados por el Estado por participar y dar voz a los sinvoz). El ego del señor Uribe, su deseo de poder omnipotente lo mantienen en el discurso del “enemigo” que construyó, una guerrilla culpable de todos los males de este país. Y a la vez, Uribe manifiesta una profunda impotencia por no haber podido derrotar por la vía de las armas al “enemigo”, es decir, por no haber eliminado a todos los guerrilleros en el monte y en la ciudad con balas, minas y cárcel.

Eso es a lo que él llamaba ‘Seguridad Democrática’, es decir, matar y acallar al “enemigo” es a lo que Uribe denomina democracia: ¡Cuánta incoherencia! (y en esa misma línea de incoherencia es el nombre de su partido “Centro” democrático). Es por eso que todo lo que tiene que ver con guerrilla es adjetivizado como terrorista para así legitimar su destrucción. Y aun así se atreve a decir que el resto del país que no piensa como él ¿tenemos un discurso de odio? Es él quien todos los días con los cientos de micrófonos que le persiguen destila odio a todos quienes intentan construir la paz, es decir, su discurso opuesto porque el del uribismo está sembrado en torno a la venganza y apela al más primitivo concepto de justicia: el ojo por ojo, diente por diente.

Entonces, la JEP (Justicia Especial para la Paz) es una justicia terrorista, la guerrilla es una amenaza narcoterrorista, las manifestaciones sociales tienen terroristas infiltrados (menos las que él coordina), los arengadores en la Plaza de Bolívar recientemente son “vagos que no estudian”, García Márquez “debería estar quemándose en el infierno con Fidel Castro, el “Castrochavismo” (palabra inventada por los uribistas) va a quebrar al país. Tanto es el odio al supuesto comunismo que terminan relacionando a Santos (aristócrata de sangre) con el marxismo-leninismo, entonces Uribe SÍ que le gasta tiempo al odio. Todo lo que sea anti-él es el enemigo público al que hay que destruir y no un adversario político con el cual hay que debatir.

Educar en el odio nos va a impedir construir una Colombia en paz donde el diálogo prime y no el deseo de acabar como sea con el otro.

Por: Laura Cristina

@AlmendraDelirio

One thought on ““Estudien, vagos”: lecciones de odio a cargo de Álvaro Uribe”

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