Género Todas

El acoso que no se ve

Por: Laura Cristina

@AlmendraDelirio


¿Qué hay en común entre el caso de la usuaria de Uber y la periodista Andrea Guerrero? No nos ponemos del lado de las mujeres. El ojo con el que vemos la realidad sigue siendo el incriminador hacia las que levantan la voz y el complaciente con quienes mantienen una sociedad desigual, indiferente, agresiva y misógina.


Mucho se dijo la semana pasada sobre el mensaje que un conductor de Uber le envió a una usuaria y que fue publicado en twitter como una manifestación de acoso. Cientos de comentarios le cayeron al autor del tuit y por supuesto a la usuaria de la aplicación tildándolos de clasistas.

La mayoría de los argumentos escudriñaban en los anteriores tuits de cada uno encontrando así imágenes y publicaciones donde se mostraba que eran de clase alta y que el tuit era clasista. Porque quien envió el mensaje había sido un conductor de Uber, hombre de clase baja (según quienes los criticaban); pero en cambio si hubiese sido un gerente de banco o un empresario este mensaje no hubiera sido problemático, todo lo contrario, según los opinadores, resultaría halagador y la respuesta en automático de la usuaria, hubiese sido que sí, que aceptaba una invitación a salir para conocerse mejor.

La idea del acoso, según las críticas, se basa en la clase social de la persona que manifieste interés en otra. Esta representación social circula cotidianamente en nuestra cultura evidenciándose en memes y en las frases cotidianas de “si tiene plata, lo demás se arregla”.

Sin embargo, nos hemos perdido del fondo de la conversación, ¿cuál es la línea que divide un halago u ofrecimiento a salir de una manifestación de acoso?

Algunas autoras afirman que el acoso depende de la recepción del mensaje, si incomoda o no a quien lo recibe, pues genera una desestabilización psíquica. Sin embargo, se podría acotar que esto no tan cierto porque hay muchas cosas que dicen que nos molestan o hasta nos ofenden, sin embargo, no se tildarían como acoso.

Si nos vamos al diccionario, y escarbamos un poco más, encontramos una acepción que trabajan un poco más los estudiosos sociales sobre el acto de acosar: refiere a apremiar de forma insistente a alguien con molestias o requerimientos (DLE). No obstante, este concepto tampoco aplicaría para el caso de la usuaria de Uber dado que solo fue una vez, aunque hayan sido varios los mensajes. Pero tal vez este sea el punto del acoso que tanto nos da de qué hablar en el debate moral de si es un asunto de acoso callejero como lo han denominado algunos movimientos de mujeres (@AcciónRespeto) o es más bien una denuncia virtual sin piso de un par de clasistas.

La pregunta es ¿cuántas veces las mujeres tenemos que tolerar que se nos “halague” sin pedido, se nos silbe, piropee, miren con lascivia o con morbo y hasta se nos invite a salir sin conocer a la persona que lo hace? Esta usuaria, como muchas otras mujeres ha recibido de distintos hombres muchas de estas “manifestaciones de su libertad” y llega un punto donde te das cuenta de que estas conductas no son normales y ya te hartas, denuncias, compartes, hablas con tus amigas y amigos, te molestas, te incomodas y no callas. Seguramente el conductor de Uber no es un acosador y su intención no fue, como lo expresa en su mensaje, incomodar a la usuaria, pero ella ya está cansada de que esto probablemente le suceda a menudo, se sintió intimidada porque le escribió por whatsapp, es decir, se salió de la aplicación de Uber para usar una más cerrada del círculo de amigos y ya, denunció.

Sin embargo, la acción más rápida fue decir que la chica y su amigo eran unos exagerados y así lo que vimos en redes fue una victimización del conductor porque se han normalizado estas conductas; y así, se volcaron de forma sistemática a acosar a la usuaria de Uber y a su amigo denunciante con memes, amenazas, burlas, recriminaciones de su procedencia socioeconómica, y por su puesto, contra el feminismo que es el ente según nuestra sociedad más extremista que todo lo ve como “un acoso sexista del heteropatriarcado”.

A pesar de que esta acción fue sistemática, porque fue repetitiva en el tiempo, se hizo TT en twitter y le valió la comparación con casos similares de países como México (@plaqueta) en el que una usuaria denuncia a un taxista por grítale cosas en la calle, este acoso tan vehemente contra los denunciantes, no fue tildado como tal.

Y mientras escribía esto, se presenta otro caso en las redes con amenaza de muerte incluida hacia la periodista deportiva Andrea Guerrero que, por posicionarse en contra de la convocatoria de Pablo Armero (un jugador de fútbol que el año anterior agredió a su esposa y no recibió ninguna sanción social, más que una fianza que pagó en Miami para quedar en libertad) fue maltratada en redes sociales.

La mayoría de los trinos fueron en apoyo al jugador con el #PabloArmeroEsUnGuerrero y en estos, se tildaba a la periodista de furiosa, exagerada, que solo quería protagonismo. Nuevamente revisaron su historial de publicaciones y “encontraron” que seis años antes en otro caso de maltrato por parte del entonces entrenador de la selección, el “Bolillo” Gómez, ella no se había posicionado. Como si una persona no tuviera derecho a tomar conciencia de los problemas sociales, cambiar de opinión y tomar posición.

¿Qué hay en común entre el caso de la usuaria de Uber y la periodista Andrea Guerrero? No nos ponemos del lado de las mujeres. El ojo con el que vemos la realidad sigue siendo el incriminador hacia las que levantan la voz y el complaciente con quienes mantienen una sociedad desigual, indiferente, agresiva y misógina.

Comments are closed.