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Sobre la tribuna de los anónimos

Primera Parte

Sentido común, mayorías sociales, oportunidad política

Por: Yishar Luna.

“Y ¿cuándo estudia James Bond todo lo que sabe?… o hacemos un esfuerzo de estudiar o estamos delegando también (…) Siempre, siempre el cambio político ha venido con grandes reflexiones intelectuales (…) porque todo lo que no penséis vosotros lo van a dar pensado” Juan Carlos Monedero

Imagen: Sebastian Beleg

¿Qué significa un posible escenario de “paz” para el relieve de la arena política?
Creo que es tiempo de re-iniciar o de re-tomar las tareas difíciles de comprensión de lo conflictivo en el escenario socio-político del país, desde una perspectiva subalterna con horizontes de insubordinación. No fueron “las armas y las montañas” en guerra las que articularan mayorías sociales, siendo las mayorías sociales un “campo” por el que circulan las redes y el tejido del llamado sentido y sentir común.

El balance de la guerra en tiempos de pos-acuerdo, deja en muy malas condiciones los proyectos de cambio social que se movían bajo el horizonte de la izquierda hoy convencional, los referentes y las coordenadas que inspiraron tanto proyectos insurgentes, como a partidos social-demócratas y radicales, les han dejado en el último lugar de la tabla de posibilidades para provocar un cambio estratégico en el rumbo del país. Este es un periodo adverso para la emergencia de un proyecto que pueda articular la pluralidad subalterna y proyectar posibilidad de cambio en la correlación de fuerzas. El cierre del ciclo de la larga segunda mitad del siglo XX para Colombia, protagonizada por la estrategia insurgente, deja atrás una “era de casquetes glaciares” en el campo de la política, a pesar de las potentes irrupciones de lo social.

Frente a la estrategia insurgente

Frente a la estrategia insurgente en armas es importante reconocer que desde un ángulo ampliado esta larga estrella fugaz es el coletazo de un momento más grande de todo el continente latinoamericano, inaugurado por Cuba y las luchas anticolonialistas. Las posibilidades de cambio y de simpatía social frente a la insurgencia como movimiento y como proyecto, se vieron cada vez más reducidas desde finales de los 80 y durante toda la década de los 90 y 2000.

Sin embargo, durante 50 años han sido ejes centrales para el diseño de tácticas y de estrategias, las fuerzas armadas y el control territorial en escenario de guerra. Esto implicó de alguna manera descuidar el análisis de las posibilidades de cambio, de insubordinación, en el marco de un régimen liberal-democrático. El escenario de “pos-conflicto” implica precisamente la consolidación de las instituciones liberales para tramitar los conflictos sociales, tales como los escenarios parlamentarios, las instancias judiciales y los escenarios de encuentro y deliberación propios de las democracias representativas. El flujo de información y la deliberación en torno a las coyunturas que puedan estremecer la vida del país, hacen de los medios de comunicación un lugar de contacto con una amplia tribuna de anónimos y de anónimas, que pueden consentir o no, de forma activa o pasiva, un proyecto particular de país y unos valores e identidades concretos frente a quienes gobiernan.

No es un secreto que los resultados del plebiscito de 2016 en torno a la refrendación de los acuerdos logrados entre el gobierno y las Farc-EP, desinflaron algunas de las expectativas que se tenían en torno a la aceptación social de la terminación de la confrontación armada, así como en torno a los elementos generales que hicieron parte del acuerdo pactado. El plebiscito pues, fue también una suerte de sondeo de opinión en torno al escenario político actual, que además logra distinguir ciertos elementos de orden territorial urbano y rural, y que arroja visiblemente entre sus resultados la opinión negativa de una importante porción de la población urbana frente a una de las salidas más progresistas a la guerra. La identificación de esta negativa, así como de las importantes e históricas capas en abstención, permitieron identificar con certeza “la atmósfera y la densidad política” de millones de anónimos.

El pulso y el resultado por este sondeo significó el replanteamiento desde diversas fuerzas políticas y sociales de sus cálculos y de sus diseños políticos. Al parecer desde una perspectiva subalterna favorable al fin de la confrontación armada, el control territorial armado de históricas zonas y poblaciones en conflicto, así como la larga confrontación por fracturar la legitimidad del estado, fueron insuficientes para garantizar la emergencia y el avance de una amplía simpatía social que pudiera abrir la posibilidad de configurar un escenario de paz que a su vez emplazara o pusiera en cuestión el orden social y a quienes así lo fabrican.

El escenario de pos-acuerdo parece que implica también el fortalecimiento del régimen democrático-liberal, en este sentido la tensión por articular mayorías sociales en proyectos con posibilidad de cambiar la correlación de fuerzas se encuentra en una arena para la que parece que aún nos hace falta experiencia, tiempo y paciencia.

La cuestión de la simpatía social con mayor precisión remite a la posibilidad de constituir y articular cierta disposición colectiva de diversos actores, a partir de múltiples y plurales demandas, muchas veces en tensión y otras en sintonía. La cuestión pues de la constitución de un sujeto social, de una voluntad popular, en un campo diferenciado que logre trazar fronteras internas de conflicto entre quienes se encuentran en un lugar de subalternidad incómoda y rebelde, y entre quienes ocupan los lugares estratégicos del poder institucional político, económico y cultural, es un problema político central para el diseño de cualquier alternativa.
Si bien los lugares centrales por los que se diseñan y se articulan la pluralidad y la diversidad como los medios de comunicación, escenarios de representación y fabricación de las utopías de lo colectivo y lo individual, están ocupados por densos entramados institucionales que se resisten a las posibilidades de cambio y se encuentran dirigidos por aquellas fuerzas adversarias y privilegiadas, existen momentos singulares en los que se intensifican las posibilidades de apertura.

Un momento de apertura, es un momento de tensión en el que los flujos de información en torno a un acontecimiento central de ruptura, no logran “nombrar” ni “atrapar” con perspectiva de estabilización las encrucijadas que presenta el acontecimiento de relevancia. En este momento de tensión los actores plurales, diversos y heterogéneos, se prestan y disponen a rastrear elementos “otros”, que permitan entender y tomar decisiones en torno a un acontecimiento de ruptura.

Desde el año 2011 no han dejado de presentarse en el país acontecimientos de protesta y de ruptura con resonancia nacional. Los acontecimientos de ruptura son momentos en los que fuerzas distintas y en tensión entran en fases de antagonismo a partir de la potenciación y articulación de demandas insatisfechas. Estos momentos de antagonismo implican principalmente a las fuerzas en tensión, fuerzas subalternas versus las antagonistas-privilegiadas, sin embargo, ambas fuerzas se encuentran pugnando por articular y ampliar tanto las demandas particulares a partir de elementos susceptibles de universalización, así como a los actores y a las identidades en disposición de tomar decisiones en torno al momento en tensión.

En este punto son centrales los medios de comunicación como nodos estratégicos que constituyen la atmósfera de lo común, desde donde se ponen a circular los elementos necesarios y centrales con base a los cuales se puede lograr cierta potenciación de la insubordinación y articulación subalterna o cierta dominación, que puede ser pasiva o inconforme.

Con esto quiero decir que en tanto no es la totalidad del campo subalterno el que entra en un estado de insubordinación, sí será necesario ampliar tanto el campo de la insubordinación social como la articulación de demandas y de simpatías sociales para modificar el estado de correlación de fuerzas. En este punto podemos admitir que los momentos de tensión son momentos de apertura e impugnación del orden, en el que tienen cabida además de las fuerzas en tensión, un amplio espectro, principalmente urbano, que se presenta como una suerte de “tribuna anónima” que puede sentenciar de un lado o del otro la trayectoria y el desenlace histórico de un conflicto particular.

La posibilidad de articular elementos y demandas que puedan constituir la emergencia de un sujeto popular con la disposición de entrar en la escena, es un asunto central para reorientar el despliegue político y el diseño táctico y estratégico de un proyecto alternativo de orden social. Si admitiéramos que el campo de la discursividad se configura en el elemento central para la constitución identidades políticas en el campo social, se hace imprescindible identificar no sólo los escenarios de cierre de las posibilidades, sino bajo qué circunstancias se presentan momentos de apertura, ventanas de posibilidad1

1 Para profundizar sobre la relación entre “Demandas” y “significantes vacíos- significantes flotantes” en la configuración de identidades políticas. Ver “Populismo: ¿Qué nos dice el nombre?”, Ernesto Laclau. Ver también “Discurso político e identidades políticas: producción, articulación y recepción de las obras de Eliseo Verón y Ernesto Laclau”