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Un #25N para la historia y el futuro

 Por: Laura Cristina

El pasado 25 noviembre se conmemoró el día de la No violencia contra la mujer. Protestas como el #MiércolesNegro o #NiUnaMenos rebelan la problemática que hoy nos convoca como sociedad.

Este 25 de noviembre ha sido atravesado por decenas de asesinatos de mujeres por razón de su género, es decir, presenciamos feminicidios. Hemos visto con profundo dolor e impotencia como nos siguen matando a causa de no ‘cumplir’ con el estereotipo esperado de la mujer: sumisa, fiel, cuidadora, mujer perfecta. Con el coloquial ‘si no eres mía, no eres de nadie’ cientos de mujeres siguen siendo asesinadas por sus parejas, ex parejas o conocidos que manifiestan su poder sobre nosotras utilizando la violencia. El feminicidio es el punto cúspide de la exacerbada violencia contra las mujeres. El maltrato psicológico, simbólico y físico se suman para llegar al feminicidio.

Así, este 25 de noviembre nos invitó a hacer una reflexión amplia sobre el concepto de ser mujer y las violencias a las que estamos expuestas todos los días. Nos sirve no solo para visibilizar la pandemia en la que se ha convertido la violencia contra mujer, sino para cuestionar y tomar acciones urgentes a favor de preservar una vida sana y libre de violencias para las mujeres. Este ejercicio se torna en muchas ocasiones complejo porque estos tipos de violencia se han naturalizado en nuestras comunidades haciéndolo invisible o imperceptible en la mayoría de los casos, haciendo difícil la identificación y caracterización.

Por ejemplo, decir que un piropo es violencia, una mirada morbosa el violencia, el incluso un roce injustificado es violencia resulta para muchos hombres y muchas mujeres una exageración. “¿Cómo puede ser que un toquecito, una palabrita o un gesto representen hechos violentos?”, “las feministas son unas exageradas, ahora todo es violencia”.

Pero no, no es una exageración. Desde el discurso que deslegitima a la mujer (dedíquese a buscar marido o los mismos piropos: “si como camina, cocina” etc.) hasta las acciones (roces o toqueteos no autorizados) hacen parte de la normalización o naturalización de los comportamientos que degradan la condición de ser mujer y en consecuencia la discriminación por ser distinta a los hombres. Así, la visión de la mujer como objeto decorativo, sujeto pasivo, alimento, animal (la esposa de, bizcocha, perra) contribuyen a dicha degradación.

Asumir el compromiso político de ser mujer y no morir en el intento por los múltiples riesgos que esto conlleva pareciera no estar aun en nuestras conciencias a pesar de que ya se encuentra en algunas agendas públicas, en algunas como elemento decorativo pero en otras realmente como una bandera transversal de la política pública regional. Esto invita entonces a transformar los imaginarios en nuestras comunidades, en nuestros lugares de trabajo y estudio para tener verdaderamente espacios libres de violencia.

 

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