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Vivas nos queremos, hemos regresado

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Hemos regresado, después de tener aproximadamente contacto con más de 18 hombres conductores, hemos concluido que ¡Las carreteras también pueden ser nuestras! Que es increíble la lista de temores: Ellos temen hurtos, secuestros, varadas, accidentes. Nosotras: violaciones, empalamientos, acosos, desapariciones, torturas, feminicidios. Que una mano en el hombro les recuerda que también son padres, hermanos, amigos y que nosotras también podemos compartir carretera con ellos.

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Hemos regresado a nuestro punto de partida, una amiga y yo iniciamos hace unos días un recorrido en “autostop” (pidiendo que los carros en carretera nos vayan arrastrando de a poquito a nuestro destino) yo estaba sumamente ansiosa y apenada, fuimos a un lugar donde muchos camioneros y familias se detienen a desayunar y alzamos nuestro dedo pulgar en dirección a nuestro destino más o menos por 30 minutos, yo realmente creía que no entendían nuestra señal (no hay cultura del autostop en Colombia), ella simplemente continuaba haciendo la señal con optimismo.

Por fin vi a un hombre bajarse de un camión y le dije: “Amigo pa’ dónde va, vamos en dirección al sur ¿quiere arrastrarnos un poco?” el hombre me miró y me hizo una señal de espera, iba a desayunar. Finalmente regresó y al vernos a las dos de pies a cabeza hizo un comentario: “Huy, es que dos contra uno” yo inmediatamente le puse la mano en el hombro y le dije: “A ver, usted pa’ dónde es que va, ¿nos va a hacer el favor de llevarnos?” después de medio minuto dijo: “Súbanse”. ¡Hecho! Había funcionado, debíamos tomar las placas del camión, pero no teníamos cómo, mi compañera activó su GPS y yo simplemente pensaba en la conversación que entablaría para poder indagar sobre su origen.

Mi nombre es Dayana y ¿sumercé? Ricardo, dijo. Al final don Ricardo era Boyacense, un conductor de años, había trabajado en los llanos, había llevado polita a medio país, se había cansado de trabajar para empresas y había por fin comprado su camión que aún no ha terminado de pagar y llevaba papa de Tunja a Pereira, todo un interrogador y un buen conversador; después de dejarnos tomar fotos del paisaje, nos llevó hasta la vía que nos permitiría tomar el otro camión según nuestro destino.

Continuamos caminando hasta el otro punto, caminamos un montón, un hombre nos habló en Inglés y nos dijo que debíamos ir a otro lugar donde estábamos no íbamos a prosperar. Nos llevó a la carretera principal y allá ipso facto, mientras yo ojeaba un juguito de Maracuyá por el calor tan arrecho que estaba haciendo (y además la cantidad de sol ingerida en la caminata sin futuro) apareció don José, con su camión lleno de Naranjas dulces del Quindío, le prometí cantarle todo el camino (era como una amenaza) y no dejarlo dormir, se bajó, fue a hacer su reporte respectivo y regresó diciendo: ¡Váyanse acomodando!; así, sin más, nos encaramamos en el camión con placas del Cerrito y destino a los carnavales de la Frontera. Don José un Nariñense con una cara supremamente tierna, un camionero de 45 años de experiencia, un padre de la carretera (Iba en caravana con un joven que, al vernos en su cabina, lo miró con cara de picardía y le llevó naranjas para comer en el camino), un hombre silencioso y amable, nos comentó que ayudaba a familias venezolanas, que llevaba mujeres con niños “son muchos en esta odisea”, y volvía a hacer silencio. Después de comer naranjas como locas y de pelar algunas para don José mientras manejaba, esperarlo mientras hacía estiramiento y tomaba tintico para el sueño; luego de decirnos que nos podíamos acomodar en la partecita de atrás de la cabina para ir durmiendo. ¡Llegamos a la central de abastos donde dejaría sus naranjas!, y a nosotras, que más que agradecidas estábamos enternecidas con el hombre de manos oscuras sobre el volante, mirada fija y dulce sobre la carretera.

De regreso, todo era más práctico, en una Estación de Servicio había un joven tanqueando su camión, iba vacío, le expliqué que íbamos en el mismo sentido que él y que nos llevara por favor un momento, me miró y yo entendí su mirada, le dije ¿lo duda por seguridad?, ¿quiere que le mostremos nuestras identificaciones? Dijo: por ahí va la cosa. Inmediatamente saqué mi cédula, y ella su pasaporte le dije: somos abogadas. Abrió los ojos. Defendemos derechos humanos. Dijo: Ah, ¡Por eso, qué peligro! Le respondí sí. Después del silencio y de 20 minutos de negociación mientras llenaban sus tanques de ACPM, accedió a subirnos a su camión. Contándonos que tenía 38 años, que era Petrista, que tenía dos hijos y que el estudio no se le daba, que hace 7 años era conductor y eso le gustaba. En la noche finalmente nos dejó sobre la carretera al lado de una bahía de taxistas. Se fue Weimar con su carro vacío pero con toda una tarde de charla política y llena de halagos por su labor.

Hemos regresado y entendimos que el feminismo también es apropiarnos de espacios que nos atemorizan. Que el feminismo se encarga de hablar con quienes aún no han analizado cómo son víctimas de un sistema machista, que los hace trabajar sentados por más de 12 horas seguidas, con salarios paupérrimos, expuestos a dietas diabéticas, con sueños en sus ojos que parecieran que jamás, por su condena-vida en carretera, cumplirán, que aunque los paisajes ya no los asombran, reconocen la riqueza de nuestros suelos.

Hemos regresado, después de tener aproximadamente contacto con más de 18 hombres conductores, hemos concluido que ¡Las carreteras también pueden ser nuestras! Que es increíble la lista de temores: Ellos temen hurtos, secuestros, varadas, accidentes. Nosotras: violaciones, empalamientos, acosos, desapariciones, torturas, feminicidios. Que una mano en el hombro les recuerda que también son padres, hermanos, amigos y que nosotras también podemos compartir carretera con ellos.

Hemos regresado, sabemos que el éxodo venezolano no solo expone hombres valientes, también mujeres arrechísimas con sus niños y niñas, al sol, al agua, al hambre, a las carreteras desoladas, pero que en el camino hay cientos de personas que en solidaridad les dan una mano y olvidan la xenofobia de los medios, que nos entendemos como hermanos.

Hemos regresado, y hemos visto paisajes increíbles, personas educadas, amables, silenciosas, charlatanas, hemos visto la catedral más linda del mundo y Negros y Blancos, quizá uno de los carnavales más hermosos de Colombia y el universo.

¡Qué vivan las carreteras en Colombia con sus conductores llevándonos alimentos, puentes, vida! ¡Qué viva el feminismo en las calles, en las cabinas, en los parqueaderos, en las clases, en las redes, en la política! ¡Qué viva Pasto, carajo! ¡Qué viva ella como compañera de viaje y de vida! ¡VIVAS NOS QUEREMOS!
Gracias a María Carolina, a Mónica y su familia y a cada una de las personas que hicieron realidad esta historia de crecimiento feminista para la vida.

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Por: Dayana Corzo

@CorzoJoya

 

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